El libre comercio no existe
Por más que tenga excelente prensa y grandes propagandistas, el libre comercio es una ficción. Cuando aceptamos las limitaciones de ese concepto, empezamos a hablar como adultos.
En las últimas semanas, debido al notorio ingreso de los más diversos productos importados, aparecieron algunas quejas, reflexiones y señales de preocupación en diferentes sectores. Lo más importante es que, por lo general, esas reflexiones iban acompañadas de algún tipo de balbuceo de ideas acerca del desarrollo: sobre qué lugar le damos a la industria nacional, qué implica sobre las economías regionales, el impacto en los conglomerados urbanos, los impactos sanitarios y ambientales de algunos productos, el empleo que se genera o no. En fin, las mil y una variables que hacen al desarrollo.
Bienvenido sea que retornemos a cierto grado de madurez para poder discutir el desarrollo, sus consecuencias y sus cualidades.
Para quienes ponemos el foco en el aspiracional “desarrollo sostenible” (sustainable development), es buena noticia que la discusión sobre el desarrollo económico y social vuelva a tener un sentido. Ojalá.
Disclaimer: La nota no contiene ninguna idea novedosa. Solo procuro refrescar algunas ideas que pareciera que han perdido vigencia, pero, por el contrario, creo que están más vigentes que nunca. Me dirán luego qué les parece.
Adolescencia libertaria
Con el ascenso de las ideas “libertarias” en nuestro país, se ha producido un dramático empobrecimiento del debate económico. De repente, la sociedad y sus voceros especializados en la materia parecen haberse olvidado de toda experiencia personal, de la historia económica del país y de algunos de los principios básicos de la economía política internacional.
En este contexto, todo se resuelve con altísimas dosis de fanatismo adolescente, lo que nos aleja del mundo real y, por ende, de soluciones reales. Es cierto que siempre en la comunicación política se utilizan slogans o ideas fuerza que sintetizan un sentido que se quiere destacar. Pero el discurso libertario carece de eufemismos, es una doctrina maximalista, revolucionaria, pretende ser fundacional, es dogmática y jacobina. Además, por todo lo anterior, la intolerancia y el desprecio modelan su modo de comportamiento.
Un diagnóstico correcto sobre el exceso de la carga fiscal conduce, sin estaciones intermedias, al extremo de repudiar cualquier impuesto o tasa porque es un “robo”; la “motosierra” reemplaza toda gestión estatal y es la única respuesta al exceso de regulaciones y de trabas burocráticas: la corrupción que sufrimos conduce de manera automática a la eliminación de la obra pública y de las estructuras estatales en materia de infraestructura; el estado es “un violador serial” que debe ser removido de la faz de la tierra; ante el exceso y abuso proselitista en el pasado reciente, se responde con la “batalla cultural” contra áreas esenciales de la cultura, las artes y la ciencia. Al necesario orden en el espacio público se responde a lo “bukele”; el alineamiento internacional es automático y, al igual que en la economía, el dogma oculta de manera suicida a la complejidad.
Todo es una simplificación abrumadora y radicalizada que nos lleva a una política disparatada.
La economía de un país es un asunto de gran complejidad que no admite berrinches infantiles como modelo de gestión y gobierno.
Todo esto es de enorme gravedad, particularmente para un debate y una materia tan complicada y poco explorada como es el diseño de una economía para el desarrollo sostenible.
En este contexto, la sostenibilidad se ha vuelto ciencia ficción, o una leyenda antigua, según cómo se la quiera ver; ha dejado de ser una materia del presente.
Pero es inexorable, tendremos que volver a hablar del desarrollo; no todo lo resuelve la “motosierra” y la “desregulación”.
Una economía para lograr el desarrollo sostenible
Desde el minuto cero, el debate “ambiental” o “ecológico” derivó en un debate acerca del desarrollo económico. En 1972, en la pionera reunión de Estocolmo, la idea fuerza movilizadora era el ambiente humano ante el acelerado deterioro por el crecimiento económico y la perpetuación de la pobreza.
En sus principios se reconoce la necesidad de ejercer moderación en la utilización de los recursos naturales, de modo que resulte compatible con la capacidad de carga de la tierra, en beneficio de las generaciones actuales y futuras. 1
No existe un debate ecologista o ambientalista que no sea un debate en torno al desarrollo y la economía, puesto que son las actividades económicas, el modelo de crecimiento y las fuerzas productivas las que ponen en riesgo a los recursos naturales y el equilibrio de los ecosistemas.
El hombre es a la vez obra y artífice del medio que lo rodea, el cual le da el sustento material y le brinda la oportunidad de desarrollarse intelectual, moral, social y espiritualmente. En la larga y tortuosa evolución de la raza humana en este planeta se ha llegado a una etapa en que, gracias a la rápida aceleración de la ciencia y la tecnología, el hombre ha adquirido el poder de transformar, de innumerables maneras y en una escala sin precedentes, cuanto lo rodea. Los dos aspectos del medio humano, el natural y el artificial, son esenciales para el bienestar del hombre y para el goce de los derechos humanos fundamentales, incluso el derecho a la vida misma.
Párrafo 1 de la Declaración de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, Estocolmo, 1972.
El debate desde siempre fue cómo trazar límites a la destrucción o a la alteración de los ecosistemas antes de que los impactos negativos se vuelvan intolerables o inaceptables para la sociedad. Una materia compleja cuyo objetivo es alcanzar un equilibrio entre naturaleza y desarrollo económico.
¿Cuánto cambio climático podemos tolerar? ¿Cuánta contaminación podemos aceptar en las aguas de un río? ¿Qué carga de químicos podemos aceptar en los alimentos? Respuestas que deben buscarse en la intersección de la ciencia, la economía y la política.
La expresión “desarrollo sostenible” se adoptó como concepto guía en 1992; desde entonces se han ido perfeccionando algunos principios e instrumentos que lo representan adecuadamente, pero que aún resultan extremadamente insuficientes. 2
La idea de adquirir experiencia con instrumentos de gestión, incentivos y desincentivos, procurando sacar provecho de algunas experiencias favorables, fue nutriendo a la llamada “economía verde”. El resultado sigue siendo insuficiente, prometedor, pero con un camino todavía muy extenso por delante.
El World Economic Forum, conocido como Foro de Davos, se convirtió de manera inesperada a lo largo de los últimos años en sitio de encuentro para economistas, empresarios, filántropos, activistas sociales y especialistas en las más diversas disciplinas, para compartir un espacio de reflexión acerca de cómo el capitalismo integraba progresivamente las mejores prácticas de la sostenibilidad ambiental y social. 3
No es casual que Davos sea hoy uno de los objetivos centrales en la “batalla cultural” de las nuevas derechas globales. El WEF representa la necesaria reflexión acerca de que no hay recetas únicas y definitivas, ni aun en las economías más avanzadas. El libre comercio, la “mano invisible” del mercado, no es suficiente para alcanzar la prosperidad deseada.
“La prosperidad no es solo crecimiento en términos agregados. No se puede medir únicamente por el PIB o la capitalización bursátil de las empresas más grandes del mundo. Debe juzgarse por cuántas personas pueden verla, tocarla y construir un futuro sobre ella.
En mi opinión, esa es la crítica más contundente a la última era económica. Desde la caída del muro de Berlín, se ha creado más riqueza que en toda la historia de la humanidad anterior combinada. Pero en las economías avanzadas, esa riqueza se acumuló en una proporción mucho más reducida de la población de lo que cualquier sociedad sana puede sostener.
Ahora, la IA amenaza con repetir el mismo patrón. Las primeras ganancias están fluyendo hacia los propietarios de los modelos, los datos y la infraestructura. La pregunta que queda por responder es qué pasará con todos los demás”.
Laurence D. Fink (presidente y CEO de BlackRock; copresidente interino del Foro Económico Mundial) discurso en Davos, febrero 2026.
El capitalismo más avanzado procura encontrarle la vuelta a los problemas sociales y desequilibrios que la economía de mercado por sí sola no logra resolver. El “perfeccionamiento” del capitalismo se ha venido produciendo a través de la incorporación de matices, controles y señales correctivas que sirvan de guía al comercio. Estas “regulaciones”, que hoy parecen ser malas palabras, están en constante ajuste y evolución.
En definitiva, el “libre mercado” no es tan libre; requiere de controles para evitar su colapso. El libre mercado, como motor económico, necesita mecanismos de equilibrio y de control.
“Creo que lo que nos enseñaron en la escuela de negocios es que se gestiona lo que se mide. Hasta ahora, realmente no hemos dedicado mucho tiempo a medir el impacto que, como humanidad, estamos teniendo sobre el planeta. Con esto me refiero a las consecuencias de nuestras acciones sobre el capital social —nosotros como grupo—, sobre el capital humano —cada uno de nosotros individualmente— y, por supuesto, sobre la naturaleza, el planeta mismo, la vida.
Y creo que si realmente queremos gestionar a largo plazo, necesitamos tener en cuenta el impacto que estamos teniendo sobre estos tres grandes capitales antes de concentrarnos en crear valor. En otras palabras, no podemos generar ganancias sin considerar el costo de esas ganancias.”.
André Hoffmann (vicepresidente de Roche Holding; copresidente interino del Foro Económico Mundial) en “5 preguntas para Larry Fink y André Hoffman en Davos 2026”, 23 ene 2026.
Fallas del mercado
A pesar de lo indicado anteriormente, la idealización del libre mercado se ha instalado entre nosotros; así se elimina toda consideración de aquellas variables que no pueden ser traducidas en intercambios estrictamente comerciales entre privados.
Semejante simplificación genera ideas muy regresivas que conducirían a un mercado o un capitalismo primitivo, como el que existía previamente a los siglos XVIII y XIX, antes de que comenzaran a desarrollarse los derechos civiles y laborales, regulaciones que constituyen limitantes “externas” al mercado.
Esta es la razón por la que algunos ideólogos de esta nueva corriente de opinión o capitalismo libertario pretenden retroceder hacia etapas históricas donde no existían los derechos de los niños o pretender que los intercambios mercantiles rijan por completo la vida social.
Un ejemplo:
La evolución del capitalismo en los últimos tres siglos, y particularmente durante el siglo XX, representó un esfuerzo extraordinario para incorporar progresivamente en su marco regulatorio los derechos laborales, derechos humanos y el derecho ambiental. Fueron décadas durante las cuales la sociedad fue acordando reglas de convivencia de manera tal que le permitiera gozar colectivamente de los beneficios de los avances de la tecnología y el crecimiento económico.
Javier Milei hizo una clara defensa de los vínculos mercantiles como único elemento válido para regular nuestra vida en sociedad; por ejemplo, lo siguiente fue dicho en el Congreso Económico Argentino (CEA) de 2023, realizado en La Rural, Buenos Aires.
El derecho ambiental surge como necesidad de resguardar bienes comunes que, por su propia naturaleza, participan de la actividad económica, pero que quedan fuera del interés privado, desprotegidos de todo derecho.
Los bienes comunes, como un río, no pueden quedar expuestos a los múltiples intereses individuales que no contemplan su preservación, ni tienen por qué hacerlo. Para evitar su inexorable deterioro, se elaboró el derecho ambiental que contempla la regulación de actividades, infraestructuras, límites de vuelcos, controles y penalidades.
Es conocida la llamada “tragedia de los bienes comunes”, un dilema en el que individuos, actuando por interés propio en un recurso compartido y accesible a todos (sin propiedad privada ni exclusión efectiva), lo sobreexplotan hasta agotarlo, dañando el interés colectivo. Este dilema se presenta con la mayoría de los ecosistemas naturales: ríos, mares, glaciares, bosques, atmósfera, etc. 4
Son diversos los instrumentos posibles de aplicar para superar el dilema de los bienes naturales; por lo general, se trata de herramientas bastante sofisticadas, que van desde prohibiciones y controles hasta mecanismos de mercado, aunque fuertemente monitoreados por la autoridad estatal. Los mecanismos a aplicar dependen de las cualidades del bien natural que se trate: pueden ser reglas para fijar límites de uso, zonificaciones o mercado de cuotas de acceso al recurso. En todos ellos, la gestión debe estar basada en la ciencia, la transparencia y el control estatal.
No existe tal cosa como un río que sea propiedad privada o, como sugirió el mismo Benegas Lynch, con la idea de privatizar el mar. Son ideas que no resisten contrastarlas con la realidad, que carecen de sentido práctico alguno y están basadas en una información defectuosa de la naturaleza. Lo que subyace es la eliminación de cualquier factor que “entorpezca” el libre comercio.
En el contexto de resguardar los bienes comunes ante la actividad económica depredatoria, existe un número inmenso de convenciones internacionales y legislaciones nacionales que regulan desde las emisiones a la atmósfera, vuelcos de sustancias en océanos, control de pesquerías, etc. Vuelvo a repetir, el libre mercado realmente existente se desarrolla en el contexto de enormes regulaciones que le otorgan, entre otras, cualidades ambientales. Nuevamente, estos marcos regulatorios internacionales y nacionales están en permanente evolución y perfeccionamiento.
Las regulaciones no son intromisiones de un “Estado violador” o “comunista”. Las regulaciones no son medidas “empobrecedoras”; permiten que no se arrojen residuos radiactivos o peligrosos al océano o que la pesca en el mar no sea depredada por barcos piratas. El rango de regulaciones es inmenso y son cada vez más necesarias.
La economía, un mix endiablado
Se me ocurre una analogía simple, pero que puede ser bastante gráfica: la mesa de mezcla de audio que se utiliza en un concierto. Allí se puede ver una cantidad impresionante de canales que representan líneas de audio de instrumentos o de micrófonos; cada uno posee su propio volumen y parámetros específicos como ganancia, filtros, balance, etc.
La mesa realiza la mezcla, o ecualiza qué volumen de sonido aporta cada instrumento. No todos los canales están al mango ni todos los canales están en cero; cada uno recibe un determinado volumen acorde al resultado que se quiere obtener, el sonido que se procura lograr.
Esa “ecualización” es propia del show que se está amplificando y de las características del contexto, características propias del recinto del show (estadio, arena, teatro, etc.).
Uno podría suponer que, una vez que en la mesa de audio se logró el resultado y los niveles buscados, ya está; no es así. A lo largo del show se deberán introducir cambios acordes al desarrollo del mismo y, lo que es más drástico aún, cuando el show cambia de contexto (locación), hay que ecualizar nuevamente porque el nuevo sitio requiere un ajuste fino nuevamente.
Si se permite esta analogía, la economía de un país es una mesa de mezcla con infinitos canales y en un contexto que cambia continuamente, minuto a minuto. Uno puede tener una idea de qué resultado quiere obtener o cómo debería sonar el show, pero es necesario hacer ajustes permanentemente.
No existe tal cosa como una receta, dogma o punto de equilibrio final al que podamos apegarnos y que, a partir de allí, el libre mercado funcione sin intervención. La economía real es un sistema complejo, cambiante y lleno de acontecimientos inesperados.
Por lo tanto, repito, uno puede tener un plan de lo que quiere, pero se aproxima al resultado deseado a través de ajustes permanentes y toqueteando la botonera. Si te toca hacer el sonido en un tinglado de una cancha de basquet, tendrás que resignar algunas variables para sacar el mejor sonido.
No existe economía en el mundo que no tenga a sus funcionarios en permanente alerta y ajustando cada variable en todo momento: el nivel de emisión monetaria, las tasas del banco central, los subsidios a algún sector de la economía, el presupuesto en educación, el costo de la energía, etc.
Sé que esto que digo parece muy obvio. Bueno, sucede que a veces, en el debate público, pareciera que todo debe resolverse con fórmulas maximalistas y simplonas. Aceptar que no todo puede estar regulado, protegido o controlado no quiere decir que todo deberá ser liberado, desprotegido o librado a la buena de Dios o del mercado.
Cuando hablamos de comercio internacional, aquí es donde esta simplificación es un gran macanazo. El libre comercio global no existe; la inmensa mayoría de las transacciones internacionales llevan implícitamente subsidios, protecciones, políticas industriales y estrategias científicas, tecnológicas y comerciales que los gobiernos definen instante a instante. La mesa de mezcla.
Quiero decir que, en este plano, el comercio internacional, menos que menos, no existe tal cosa como el “libre mercado”. Los países colocan aranceles a las importaciones, colocan barreras paraarancelarias, protegen sectores que consideran sensibles y liberan aquellos en los que deciden competir. Nada es libre, todo es absolutamente diseñado desde la órbita económica del gobierno que fuere.
El fundamentalismo del gobierno libertario es infantil y suicida. Más aún cuando las fuerzas hoy dominantes en el comercio global son el proteccionismo y la priorización de mercados de afinidad y de alianzas estratégicas. Hubo momentos históricos donde la ecualización tendía a priorizar la liberalización y la globalización. El gobierno de Milei supone vivir en ese mundo; se está equivocando.
Independientemente de cada caso en particular, no importa aquí el análisis específico de cada uno de ellos; lo cierto es que en los últimos meses han comenzado a saltar las alarmas en este punto. Los tubos de acero para un gasoducto, la carne de Brasil, las frutas de Egipto, los neumáticos, la ropa de China, electrodomésticos, maquinaria agrícola y la lista es infinita.
Dicen que “tenemos que dedicarnos a lo que somos competitivos”. Bien, en lo único que naturalmente somos potencialmente competitivos es en explotar los recursos naturales que poseemos. Es obvio que explotar minerales, fósiles y la fertilidad del suelo y las bondades del clima es el set de competitividad del que disponen naturalmente todos los países, algunos más generosamente que otros.
Claro que Argentina puede decidir quedarse en ese estadío primario de su economía y volcar su apuesta a una economía extractiva. Se puede. No es el objetivo de esta nota discutir ese punto. Aunque sí existe un alto riesgo ambiental en querer maximizar o apostar un pleno a la explotación de los recursos naturales, la tentación de no tener límites es muy tentadora.
Pero quiero poner el acento en el equívoco de suponer que si somos inundados de productos chinos es por las bondades de la mano invisible del libre mercado. La “mano invisible” ha estado previamente en el sistema educativo chino, sus prioridades científicas e industriales, la estrategia del Estado para hacerse desde las materias primas hasta el desarrollo de la cadena logística; todo eso le permite a un producto chino, finalmente, “competir”.
Hay una expresión que suelo utilizar y se la robé a Federico Merke: “Si un país no tiene política industrial propia, termina consumiendo la política industrial de los demás”.
Aquí hago una reflexión sobre la coyuntura: si tu apuesta es la extracción de petróleo, ¿cómo no vas a priorizar a la industria asociada? Si tu idea es priorizar al campo, ¿cómo no vas a priorizar la industria metalmecánica y de maquinaria asociada al mismo?
Priorizar no es “proteger” las ineficiencias; es priorizar y respaldar su potencial y alentar a los mejores. Nuevamente, en la mesa de mezcla no se libera todo, ni se cierra todo, se ecualiza estratégicamente, es decir, se definen los contornos del “libre mercado”.
Tratados de “libre” comercio
Recientemente, se aprobó en la Cámara de Diputados el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur, algo realmente muy importante. En el comunicado oficial de esa cámara legislativa se cita al diputado Damián Arabia (LLA), titular de la Comisión de Mercosur, afirmando que “es un momento histórico”, y que este acuerdo “supone la zona de libre comercio más importante del mundo”. Bueno, veamos.
Probablemente el diputado Arabia soslaya que lo que acababa de votar es un Acuerdo de Asociación UE-Mercosur que se compone básicamente de un texto central con 23 capítulos y aproximadamente 68 anexos y apéndices. ¿Qué dice ese monumental texto normativo? Bien, todas las condiciones bajo las cuales habrá intercambios comerciales, todas las regulaciones que se deberán respetar y todos los compromisos que los Estados asumen. Comercio, pero regulado, no “libre”.
La prensa ha calificado de “acuerdo de libre comercio” al acuerdo recientemente firmado entre Argentina y los Estados Unidos. Al igual que ocurre con la UE, el acuerdo es un sinnúmero de cláusulas, cuotas, condicionantes y compromisos que nada tienen que ver con el “libre comercio”; lo que establece es un marco regulatorio común para facilitar los intercambios entre ambos países.

Es decir, los países hacen acuerdos comerciales para favorecer el intercambio comercial entre ellos colocando un marco, límites regulatorios, a esos intercambios. El libre mercado es lo que ocurre dentro de los límites que definen la política de desarrollo de los países.
Un ejemplo simple de esto: en el acuerdo comercial entre la UE y el Mercosur se establece que cada país, para ser parte del acuerdo, debe ser parte del Acuerdo de París. Es lógico porque eso supone que todos están haciendo las tareas que les corresponden en materia de emisiones. Es establecer las condiciones básicas sobre las que se puede comenzar a hablar de facilidades comerciales recíprocas.
Finalmente
Cuando visualizamos todos los condicionantes y restricciones que existen en el mundo real para el “libre comercio”, comenzamos a mirar con más realismo a la política económica.
Podemos ver en un extremo la política estrafalaria de Donald Trump poniendo y quitando aranceles a las importaciones de manera arbitraria acorde a su humor y en función de su política internacional. Aun así, el objetivo es la protección de la industria doméstica y maximizar los beneficios en su mercado interno.
En otra dinámica, tenemos a la UE con sus altos estándares ambientales que les colocan a sus industrias y que, natural y correctamente, trasladan a sus importaciones.
Ciertas palabras, como “aranceles”, “impuestos”, “protección”, “restricciones ambientales”, entre otras tantas, dejan de ser malas palabras. Son parte de la ecualización que toda sociedad establece para potenciar sus capacidades, definir hacia dónde quiere ir, cuidar a su gente y a sus recursos naturales y fomentar sus relaciones internacionales. No verlo es cosa de necios.
Hasta aquí mis reflexiones, como dije, tan solo para poner todo sobre la mesa y relativizar un poco esta nueva pasión “desregulatoria”.
Juan Carlos Villalonga
Para cerrar, un temita de Jorge Drexler. Dedicado a la “desregulación” que se viene. De esto escribí en “¿Por qué me tiene que importar lo que suceda con los glaciares?”.
La Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo junto al Programa 21 (Agenda 21) constituyeron los principales aportes conceptuales al desarrollo sostenible que se acordaron en Río de Janeiro en 1992.
Creado en 1971, el World Economic Forum fue evolucionando progresivamente desde una agenda estrictamente empresarial hacia una agenda mucho más amplia en los años 90, incluyendo aspectos vinculados al desarrollo social, globalización, medio ambiente, salud y nuevas tecnologías.
Garrett Hardin expresó inicialmente la teoría de la “tragedia de los bienes comunes” en un ensayo publicado en 1968 en la revista Science. Si bien existían antecedentes en cuanto a la reflexión sobre este dilema, Hardin lo explicitó de manera clara y contundente. A partir de entonces, es una pieza clave para la discusión en torno a la gestión de los recursos naturales.










Excelente reflexión y al grano de los problemas que vivimos!👏
La nota es interesantísima. Desde el disclaimer, en donde dice que no contiene ninguna idea novedosa y que solo pretende refrescar ideas que parecen haber perdido vigencia. Y aunque quizás sea cierto que no contiene ideas novedosas -no estoy seguro- el resultado es sumamente provocador.
Como fue que aquel debate ambiental de los años 70 y sus vinculaciones con los -por entonces- nuevos conceptos sobre el desarrollo perdieron vigencia? No sé cual es la respuesta, pero tengo la impresión de que, en su difusión, aquellas ideas se fueron simplificando. Y lo que empezó desarrollándose como una nueva visión acerca de los modos de relación entre la economía y el cuidado de los recursos naturales se fue transformando en algo así como una disputa por la superioridad moral. Y que, durante algún tiempo, de un lado quedaron “los buenos” que parecían tener todas las respuestas, y del otro los insensibles que no se daban cuenta de que íbamos rumbo a una catástrofe.
Creo que los aspectos más ricos del movimiento ambiental en las décadas del 70 u 80 están asociados a la convicción de que conservar y producir eran dos objetivos que debían hacerse compatibles. Y hoy, 50 años después, lo que se dice en esa dirección muchas veces suena más como un mantra y como una declaración de buenas intenciones, pero no como un objetivo inmediato. Una pena.... y creo que, además, un desvío con serias consecuencias.